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Un barco de papel (Surfeando un Tsunami)

15 mayo 2007


En el arte de hacer lo posible (donde dicen que vive la monotonía), también para de prestado el sentido común.
Mientras que una ola de agua viene bajando implacable, arrancando árboles de raíz y paseando casas como si fueran caballos de calesita, siempre habrá uno que está parado frente a la correntada.
Por deporte o por convicción?, esa es la pregunta que salta cuando uno divisa un puntito en la marabunta, y él, sola su alma, contraría la dirección de todos sin pedir permiso.
Cuando alguien decide en su fuero íntimo ir contra la mayoría, ya sea consciente o inconscientemente, ha elegido su destino, pero seguro ha marcado el destino de muchos otros.
La historia grande y la pequeña, la crónica de las enciclopedias y las anécdotas de barrio, todas guardan historias de desplantes, rebeldías y aparentes caprichos que torcieron ríos o derrumbaron imperios.
Tal vez, en este preciso instante, un tipo se levante de su silla y decida tirar por la ventana la calma que lo guardó durante años. O quizás, al apoyar el primer pie en el suelo, esta mañana una mujer lleve sus pasos hasta la puerta de calle y la cierre por última vez.
Porque para llevar adelante una epopeya, para escribir el primer capítulo de algo monumental, no hace falta tener a todo el imperio romano frente a uno. Basta con vencer al oponente interno, ese que nos usurpa la voz de la conciencia y nos hace posponer lo que debería haber sido ayer.

El mirador

27 marzo 2007


Hay un cuento de Ray Bradbury que habla sobre dos personajes, que uno diría, están por demás salpicados por la mala suerte. A través de muchos años recorren pueblos y ciudades en busca de una nueva vida. En forma de diversos trabajos, van apareciéndoles oportunidades de hacerse ricos, o por lo menos, de darles un brusco cambio a sus vidas. Sin embargo, siempre en el momento menos adecuado, aparece el villano, el maldito que vive de robarles a estos amigos las grandes ideas y hacerse rico gracias a ellos. Como una maldición, los dos tipos devoran kilómetros y kilómetros de caminos para hallar la salvación, sabiendo y resignándose a aprovechar cuanto puedan, ya que inexorablemente, el vámpiro de ideas ajenas llegará para adueñarse de su descubrimiento más reciente. Pasan los años, las rutas, las caras. Siempre llega el ladrón. Un día como cualquiera y en un camino como tantos, encuentran algo maravilloso. Un punto mágico del paisaje, desde el cual (y sólo desde ahí) se puede ver una hermosa ciudad. Majestuosa, atractiva, subyugante, ahí está para los ojos de quien la ve. Felices de haber hallado un punto mágico en el universo, deciden montar un observatorio humilde. Un cartón escrito a mano que anuncia: "Vista panorámica a la gran ciudad, $0,25". Y así se dispusieron a aprovechar el negocio, hasta que llegara el maldito tipo que huele las ideas ajenas. Al costado de la ruta, en el medio de la nada, los pocos viajeros paran para ver la promesa. Con gran asombro, comprueban que cada visitante ve algo distinto. París, El Cairo, Bagdad, Babilonia, Pekín. Cada observador veía en realidad lo que nunca había visto, pero soñaba con ver. Entre los amigos mismos discutían si era Nueva York u otra ciudad. Pero pasadas las horas, sucedió lo inevitable. La oscura presencia del apropiador se hizo patente. Había descubierto el hallazgo, y comprando los terrenos donde estaba el mirador, llegó para tomar posesión. Resignados, los amigos se retiran al auto para compadecerse de su nueva pérdida. El villano trajo consigo un nuevo cartel, más vistoso, y aumentó sensiblemente el precio del espectáculo. A punto de marcharse, notan cómo los clientes se quejan ante el nuevo dueño. Airados, le rompen el cartel y le gritan estafador. Los dos vuelven sobre sus pasos y se dan cuenta que desde el mirador no se veía nada. El ladrón, ofuscado, por primera vez en años se retira vencido. Más dolidos por la pérdida de una maravilla que de un negocio, los dos se quedan mientras se acallan las voces de los clientes enojados. Cae la noche y comienzan a lamentarse por una derrota más. Recién llegada la madrugada, se les ocurre asomarse al mirador. Y comprueban que, contra todo, efectivamente se puede ver. Lo que el observador quiere. Lo que el observador desea, ansía, sueña. Volvieron a poner el desprolijo cartón escrito a mano con el precio de 25 centavos, y se quedaron esperando al primer cliente. Al primer tipo que quisiera ver lo que nunca vio, por sólo 25 centavos. Un soñador, que le dicen. Que por otra parte, no es un arte que pueda practicar cualquiera.

Propiedades

07 noviembre 2006


Estaba muy tranquilo en mi casa. Sillón del living, tele con el volumen adecuado (el volumen insoportable para los demás) y muy cómodo de ropa. Suena el timbre. Podría estar descubriendo una vacuna, desarrollando el sistema operativo que nunca dejaría colgada a la PC o diseñando la máquina del tiempo. Pero no, es sentarme en el sillón o el inodoro, para que mágicamente suene el timbre. Por qué justo ahora?, es que tengo que conseguir el estado perfecto para que alguien se arrime a mi puerta?. O ellos tienen un radar, o yo envío señales muy fuertes de bienestar, que me rastrean al toque. Comienzo el ejercicio mental. Será una adorable anciana que se preocupa en traerme la palabra del señor?. Pienso y ensayo mi mejor cara de "gracias ya tengo",y en ese momento me asalta la duda. No será un vendedor de frutas o un afilador?. Revuelvo en la sección de vendedores a domicilio de mi cabeza, y busco la reacción pertinente. Otro timbrazo. Esta vez más largo, casi de impaciencia. Otra vez la duda, abro o no abro?. Pregunto quién es sin abrir?, o digo "soy el pintor, los dueños de casa no están"?. Qué estúpido. Más vale abro y no paso por tarado. Y así, nomás, sin mediar más trámites, abrí. Apenas me asomé, como para pispear, sentí la ráfaga de viento que entró al living. No había nadie. Volví a la tele, al zapping interminable de 80 canales y nada para ver. Ahí caí. Me dí cuenta cuando ya era tarde. Le abrí la puerta a un recuerdo. Y yo que pensaba que estaba muy guardado, allá en lo profundo, y ahora lo tenía conmigo, tirado en el sillón, más que cómodo. Desde ese día, comencé a convivir con él. Me acompaña a todos lados, se me aparece en cualquier momento, y ya me hace dudar si es recuerdo u obsesión. Era silueta, era forma, ya la cara se me desdibuja y la voz se me hace inaudible, pero ese aroma fresco, inconfundible de piel aún mojada, sigue presente. Sin saber, fue la forma de quedar anclada a un presente como éste, de atravesar todos los tiempos que siguieron y trascender. El modo de quedarse aquí conmigo. Y de recordarme a quién pertenezco.